¿Por qué todos somos infieles (o nos gustaría)?

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La especialista, con ojos como platos, le dijo: “¿No ves que te comportas como una psicópata? Y no por engañar a tu marido, que eres la tercera de la tarde; sino por la tabla de Excel”. Ella no se da por enterada. Su pareja de momento, tampoco. Están bien y ella es “más feliz que nunca”.

El psicólogo y escritor Walter Riso, autor de “Jugando con fuego” (Planeta), no opina igual. “En este momento Rocío vive en lo que yo llamo el spa emocional, el mejor de los mundos posibles. Tiene lo bueno de ambas relaciones; ya se le pasará”.

En cuanto a las tablas de Excel, afirma que, aunque las cosas han cambiado mucho, las mujeres siguen esforzándose más que los hombres por borrar huellas y no dejar rastros. “En las encuestas sobre infidelidad, ellas confiesan que tienen o han tenido más aventuras. No creo que ahora sean más arriesgadas que antes, es que ya no está tan mal valorado ser infiel”.

La historia de Rocío no le sorprende. “Dedico la mitad de mis horas de consulta a la infidelidad. Si en ocho meses no se ha separado, ya no lo hará. Según mi experiencia clínica, sólo un 5% de los infieles se deciden por sus amantes; el resto vuelve con el rabo entre las piernas a su relación primaria”.

 

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Hombres y mujeres

A Manuel H., ingeniero industrial de 42 años, no le gusta verse como alguien desleal. Sin embargo, hace cuatro meses que mantiene una relación paralela a su largo noviazgo de seis años.

Todo empezó durante un viaje de trabajo y se alimentó con mensajes de móvil, chats, llamadas intempestivas y un segundo encuentro en París. Ella está casada y vive en Alemania. Como viajan mucho, es fácil encontrar coartadas, aunque la novia de Manuel ya ha empezado a sospechar. “Espero que todo se apacigüe sin tener que confesar. Soy discreto, estas cosas pasan. No hay que ponerse dramático”, zanja él.

Y la suya no es una opinión aislada. Uno de cada tres españoles confiesa haber sido infiel en algún momento, según un estudio que la empresa Sondea ha realizado entre 3.700 personas de entre 18 y 55 años. Este estudio muestra que el 35% de las mujeres y el 37% de los hombres son infieles.

Más números: el Consejo General del Poder Judicial señala que cada día se rompen 365 parejas en España; la infidelidad es el gran argumento en la mayoría, aun cuando el 60% de los españoles admite haber perdonado una aventura de su pareja o estar dispuesto a hacerlo. La tecnología es el gran aliado de los infieles: redes sociales donde repescar algún viejo amor, mensajes de móvil para mantener la temperatura de un romance clandestino, cuentas gratuitas de correo electrónico y portales de internet que ayudan a buscar parejas fortuitas o de largo recorrido.

Y hay más: se ha desarrollado toda una industria de la coartada. Una de las más populares, el californiano Club de las Coartadas y Excusas, tiene más de 2.000 socios dispuestos a telefonear a la pareja para ayudar al infiel a fabricar su mentira. La alemana Soundcover o la japonesa Sunrise ofrecen sonidos ambiente para llamar desde “un atasco” o “la consulta del dentista”.

Además, la carrera ha llegado al lado femenino de la cama. Ya sabíamos que los hombres poderosos intentaban transferir al terreno sexual el poder conseguido en los negocios. Las mujeres estamos repitiendo el patrón, pero con otros motivos: cuanto más baja es la autoestima, más veloz es la carrera en pos de alguien que nos regale el oído. “No hay nada mágico en esto, con una autoestima elevada los probables candidatos se reducen considerablemente”, explica Riso.

Pero no es el único desencadenante del engaño. La búsqueda teórica de una pareja mejor puede provocarlo. Y, por increíble que parezca, confiar demasiado en el amor también es ponerse a tiro de la infidelidad.

Según Riso, el amor es condición necesaria pero no suficiente. “Los que creen en las propiedades inmunológicas del amor –explica– bajan la guardia y se duermen en los laureles. Al despertar, ya están atrapados en otra historia”. Muchas parejas, además, viven situaciones imposibles. Riso ve con frecuencia en consulta lo que él llama “la pareja improbable”: Ella, conservadora, reservada y monógama; él, extrovertido, creyente del poliamor, siempre buscando nuevas conquistas.

Después de la primera sesión les dice: “Váyanse a casa y, en la próxima cita, demuéstrenme que pueden vivir juntos. ¡Presenten pruebas!”. Nunca regresan. ¿Buscar la pareja adecuada, entonces, es el antídoto para la infidelidad? Sí, si por “adecuada” entendemos a una persona que desee compartir el mismo modelo de relación. Obligar a un infiel vocacional a la monogamia no funciona mejor que un donjuán que pretende que su pareja soporte sus múltiples amoríos.

 

Señales-de-que-un-hombre-es-infiel

Terreno peligroso

Según Sondea, del 33% de los españoles que admitieron haber sido infieles, el 15% repetiría. Y lo que es peor, un 50% de los hombres y un 40% de las mujeres engañaría a su pareja si supiesen que ésta nunca se iba a enterar. ¡Y todo eso, a pesar de que el 90% asegura que no toleraría la infidelidad en su relación! En general, las encuestas internacionales dicen que un 60% de las personas comprometidas confiesa su infidelidad.

Según Walter Riso, con 30.000 horas de consulta a sus espaldas, es muy fácil identificar a una persona infiel. “Basta con salir un mes con él o con ella: mira, coquetea, dice que va y luego no aparece, deja espacios de sospecha. En cambio, sabes que alguien es fiel porque todo resulta claro y transparente”. Este experto nos apunta indicadores de alarma que, si aparecen inesperadamente, al mismo tiempo y no forman parte de los hábitos de vida, aumentan la probabilidad de que haya un tercero, con todas las concesiones al error y la presunción de inocencia.

Algunos de estos puntos son la lejanía afectiva (ausencia de gestos cariñosos); la baja frecuencia de las relaciones sexuales; la preocupación excesiva y repentina por la apariencia física; cambios inesperados de rutina (los hogareños que no paran en casa, los puntuales que se retrasan continuamente…); llamadas y conversaciones largas y sigilosas a horas intempestivas o un sospechoso incremento de las llamadas de números supuestamente equivocados.

Tú decides

Con estas cifras en la mano, tal vez el misterio está, entonces, en el 40% de seres humanos que se dicen fieles. ¿Por qué lo hacen? ¿No vivimos acaso en el paraíso del libre albedrío? Riso asegura que no: el engaño trae daños colaterales a mucha gente.

No estoy de acuerdo con la infidelidad por motivos morales, sino porque genera sufrimiento. Es un desastre afectivo; todas las partes sufren depresión, ansiedad y estrés. Tiene muchos perjuicios y pocas ganancias. Sólo del 5 al 10% de las relaciones que nacen de una infidelidad siguen al cabo de dos años”. ¿Y qué es exactamente infidelidad? Todo depende del pacto que se haya establecido en la pareja: relación exclusiva o abierta.

Cuando el pacto se rompe unilateralmente y una de las partes es engañada, sea por la vía que sea, estamos ante una infidelidad. Casi todos los acuerdos pueden romperse o revisarse, pero de mutuo acuerdo y con transparencia. Por otra parte, hay pactos imposibles. “Por ejemplo –apunta el psicólogo–, la promesa de fidelidad en pensamiento, palabra y obra, sin desear a otros. La fidelidad no es ausencia de deseo, es autocontrol, evitación a tiempo”.

La biología, de hecho, sólo nos garantiza un tipo de fidelidad: la que surge del sentimiento bioquímicamente exclusivo del enamoramiento. En estos casos, el escogido ocupa todo el espacio afectivo y sexual. “La gente experimenta taquicardia y sudores, el cociente intelectual baja y, con esa actitud, no entra nadie más; el cerebro no aguantaría dos enamoramientos”, explica Riso.

Otras lealtades son cuestión de voluntad: “La fidelidad racional requiere estar siempre en alerta naranja. Si tenemos delante a alguien que nos gusta, el único modo de evitar el engaño es decidir no entrar en el juego”. Y existe siempre un punto de inflexión donde decidimos frenar o pisar el acelerador. Tener un “affaire” es algo que se planifica y sobre lo que se calculan riesgos. Más nos vale, pues, estar atentos.